Saturday, April 19, 2014

LA GUITARRA



En mi adolescencia, no recuerdo cómo ni porqué,  llegó a mis manos una guitarra. Lo que sí recuerdo es que me pareció maravilloso tener un instrumento con el que tocaría la mejor música. Y con esto de “la mejor música” no quería decir que tocaría con la Orquesta Sinfónica, sino que las letras de mis canciones serían todo un éxito.

En mi salón, en la escuela, mis amigas, Irene, Liz y Diana tocaban muy bien la guitarra y hasta creaban sus propias canciones y yo, por supuesto, no quería quedarme atrás. Me parecía maravilloso poder inventar letras sobre diversos temas para que mis admiradores las repitieran. Podría escribir una canción que hablara sobre las horribles matemáticas y su inutilidad en mi mundo, otra sobre mi adoración por los libros, y así seguiría con cada tema que de una u otra manera tuviera importancia para mí, como mi gato siamés o mi colección de estampillas.

Sabía que no sería yo quien cantaría mis originales canciones, pues estaba consciente, desde entonces, de lo mal que cantaba, ya que así me lo había hecho saber el profesor de la escuela que no me aceptó en el coro. Aclaro que mi intento por pertenecer al coro no se debía a mi gusto por el canto, sino a mi interés por perder clases de manera justificada, por lo que enterarme de que cantaba mal no terminó con ningún sueño que tuviera en ese entonces. Así es que cuando me imaginaba a mí misma tocando la guitarra, sólo tocaba, no cantaba. Me veía de unos veinte años, con el pelo largo, alborotado y con algunos pastos secos por aquí y por allá, estaba recargada en un árbol, con el estuche de mi guitarra abierto frente a mí y la gente a lo lejos extasiada con mi música y cantando la letra, que ya se sabían, lo cual resolvía elegantemente mi falta de entonación hasta en mis sueños.

Solamente había un “pero” en mi felicidad: mi guitarra no tenía estuche. Me encantaban los estuches rígidos. De hecho, creo que los estuches de guitarra que se cerraban con unos broches metálicos me gustaban muchísimo más que las guitarras. Cada vez que veía uno, pensaba en la posibilidad de que hubiera dentro una ametralladora en lugar de una guitarra, como había visto innumerables veces en las caricaturas de mi niñez, aunque hubiera estado muy extraño que una de mis amigas sacara una ametralladora a media escuela.

Los vecinos de enfrente nos habían enseñado, a mis hermanos y a mí,  a tocar una melodía, y yo  había anotado las instrucciones en un cuaderno. Al principio tenía que consultar las instrucciones constantemente, lo que daba como resultado que tocara de una manera rígida. Era la melodía de Bat Masterson, de quien lo único que yo sabía era que se había muerto, pues en algún momento, la canción  decía "Bat Masterson ya se murió". De ahí en fuera no tenía idea sobre quién sería este personaje, y apenas hoy que lo busqué en Google y que he vuelto a oír esas notas musicales, me vengo a enterar de que era un pistolero del viejo oeste.

Con esa peligrosa profesión, no me extraña nada que se haya muerto.  En fin, que la música de este hombre de profesión extrema fue mi introducción al uso de las cuerdas de la guitarra.

Y como no me podía quedar tocando eternamente unas cuantas notas de una canción que hablaba sobre un tipo que se moría, mi mamá preguntó entre sus amistades a ver si alguien conocía a quien me pudiera enseñar a tocar guitarra.

No tardó en aparecer una amiga, que creo que era comadre de mi mamá, que conocía a un muchacho que daba clases y que necesitaba el trabajo pues su situación económica no era buena.

Así fue como una tarde llegó a mi casa el "profesor" de guitarra. Era un muchacho que olía a sudor y que era un poco mayor que yo. No me cayó muy bien y no me gustaba que me tocara los dedos para acomodarlos en la guitarra, pero decidí tenerle un poco de paciencia debido a mi interés por aprender a tocar. Al fin que cuando acabara la clase podía ir a lavarme las manos.

Empezó por enseñarme los nombres de las partes de la guitarra, las notas y por ponerme unos ejercicios, mismos que me dejaba de tarea. Recuerdo que, después de varias clases, las yemas de los dedos empezaron a dolerme. Aquí es prudente que analicemos que hay diferentes tipos de yemas en los dedos de la humanidad: 

Hay yemas que son muy planas y que casi no se notan.

Las mías no son de esas.

Las mías son como si fueran unas gotitas a punto de caer. Parece, como decía mi amigo Arturo, como si al nacer me hubieran sacudido las manos para quitar el exceso de materia prima y esas gotitas no hubieran tenido tiempo de desprenderse pues el material se secó antes de tiempo, como cuando se endurece la cera muy rápido. Así son mis dedos, como los de algunas ranas.

Tomando esto en consideración, se entenderá que cuando digo que me dolían las yemas, me refiero a un gran dolor. Le comenté al "profesor" lo que me sucedía, y su respuesta hizo que mis sueños sobre la belleza de convertirme en guitarrista ya no me parecieran tan glamorosos. Dijo que no me preocupara, que después se me formarían callos.

- ¿Qué??? -exclamé, verdaderamente horrorizada.

¿Callos? ¿Callos en mis suaves dedos? Yo no quería que mis manos parecieran los pies maltratados de algún viejo al que le lastimaran sus horrendos zapatos.

Pero el profesor siguió con su clase de lo más quitado de la pena, no entendiendo para nada mi alarma. Yo ya no pude poner atención. La guitarra dejó de ser un instrumento musical para convertirse en un instrumento de tortura.

Callos… callos… callos… callos… la palabra me retumbaba una y otra vez.

El “profesor” se fue esa tarde muy extrañado por mi falta de concentración.

Esa semana no hice la tarea, necesitaba que mis dedos se recuperaran para que siguieran siendo suaves. Intenté regalarle la guitarra a mi hermano Jorge para que él siguiera con las clases, pero aunque no le comenté lo de los callos, desgraciadamente mi hermano Jorge es muy listo, sospechó que algo había de malo con la guitarra y no aceptó. Eso me obligaba a recibir al “profesor” la siguiente clase y era algo que yo no quería.

Pero esta vez el “profesor” no vino solo, sino con un amigo. Quién diría que el amigo me daría la solución a mi problema.

Me pareció inapropiado que trajera a su amigo a mi casa, pero también un excelente pretexto para despedirlo. Pedí a alguien que le dijera que no iba a tomar la clase y a mi mamá no me acuerdo qué fue lo que le dije, pero el “profesor” dejó de darme clases.

Así fue como terminaron las clases de guitarra, mis dedos no perdieron sus yemas de gota a medio caer y la guitarra se quedó por mucho tiempo en mi vestidor. Hasta que un día, en una de esas batallas campales que a veces hay entre hermanos, fue usada como garrote sobre la cabeza de alguien y se rompió, por lo que fue a dar a la basura.

¡Qué lástima! Mis sueños de ser hippie en un parque tocando la guitarra se fueron a la basura junto con la guitarra. Aunque de todas maneras no tenía estuche. Y, además, canto horrible.

¡Ah sí! Y tampoco me sé ninguna canción.


SILVIA RAMIREZ DE AGUILAR P.

Saturday, April 12, 2014

TARDE DE "CAFÉ" CON TERE USHER



(Continuación de “Noche de Cumpleaños con los Usher” publicado el 7 de Febrero del 2014)

Un par de semanas después de su cumpleaños, Tere Usher dejó de trabajar en la misma oficina donde trabajábamos mi hermano y yo. La despidieron porque no sabía hacer nada, lo que sirvió para confirmar que era tonta por hacerse la tonta (dándonos la razón tanto a mi hermano como a mí). Supuse que jamás la volvería a ver, pero me equivoqué, pues unos meses después recibí una inesperada llamada de Tere Usher.

Tomé la llamada, más por curiosidad que por otra cosa. ¿Para qué me llamaría? ¿Querría alguna recomendación para un nuevo trabajo?

Me dejó muda cuando, después del saludo, lo primero que hizo fue reclamarme por no haberla llamado. Quise recordar en qué momento me había yo echado encima semejante compromiso, y al no encontrar nada en mi agenda mental, le hice saber que no habíamos quedado en eso y que yo ni su teléfono tenía. Al parecer era una forma tonta de iniciar una conversación, reconoció que no habíamos quedado en eso y, cambiando el tema, me preguntó cuándo nos veríamos.

Me sorprendió aún más, pues no éramos amigas, no teníamos la misma edad y me acababa de acordar que era tonta, pero fue tanta su insistencia que tuve que acceder. La condición que le puse fue: que ella viniera a verme. En realidad lo dije confiando en que le daría flojera, pero contrario a lo que yo esperaba, rápidamente dijo que esa tarde la tenía libre y que pasaría a mi oficina, y sin darme tiempo para que me arrepintiera, colgó el teléfono.

Nada más colgar, ya estaba incómoda por haberle dicho que sí. ¿Qué estaba pensando? ¿Acaso me había vuelto loca? ¿De qué podríamos hablar?

Resuelta a dejarla plantada, hice lo posible por irme antes de la hora de costumbre, hora que ella conocía por haber trabajado en la misma oficina que yo. Pero mis esfuerzos fueron en vano, pues antes de poderme escapar, la vi llegar toda sonriente. A pesar de ser un día muy nublado, Tere portaba unos lentes obscuros pasadísimos de moda.

Después de saludarme se sentó, se quitó los lentes y fue entonces que descubrí que llevaba un parche en el ojo izquierdo. Segura de que me diría que alguno de sus raros parientes le había sacado el ojo, le pregunté, solo como una formalidad, qué le había pasado. Confieso que me decepcionó mucho el saber que solo tenía una infección.

Groseramente, debo admitirlo, intenté ignorarla mientras preparaba mis cosas para irme, pero hubiera tenido que ser un monje tibetano para poder ignorar el constante parloteo que sale de la boca de Tere. Entre otras muchas cosas, mencionó que como era viernes quería salir en la noche a algún lugar. Además, agregó que como estaba sola, podía llegar a cualquier hora sin que la regañaran. La felicité por su buena suerte, pues no entendí, sino hasta más tarde, que no me estaba presumiendo, sino invitando. ¡Qué bueno que no entendí!

Cuando mi escritorio quedó listo, considerando que era suficiente visita por parte de Tere, y sabiendo que Tere no tenía coche, ofrecí llevarla en el mío. Ella aceptó mi oferta muy emocionada, lo cual logró que mi corazón se ablandara un poco y me propuse ser más amable por el resto de la tarde.

Durante el trayecto, que habrá durado unos veinte minutos, Tere habló, habló y habló. Debo decir que en ningún momento pidió mi opinión, ni tampoco me dio tiempo para expresarla, pues saltaba de un tema a otro, dejándolos todos inconclusos. Al llegar a su casa me preguntó, toda esperanzada, si tenía tiempo para quedarme a tomar un café. Por mi mente pasaron escenas del cumpleaños de Tere meses atrás. En esas escenas veía a mi hermano Luis con cara de asustado, a mi amigo Carlos no dando crédito a lo que sucedía y a varios de los parientes de Tere comportándose de maneras muy extrañas. Dudé si debía aceptar su invitación o no, pero al mirarla tan ilusionada, acepté.

Por primera vez veía la casa de Tere de día. Como buena anfitriona, empujó la rechinante y oxidada reja de su casa y me invitó a pasar. La pintura se estaba cayendo de las paredes, algunos de los vidrios estaban rotos, había muchos papeles tirados y el pasto estaba muy crecido.  Me llamó la atención que no usara llave ni para la reja, ni para la puerta de la entrada, pero ¿quién querría entrar?

En cuanto Tere abrió, noté un desagradable olor, como de caño. Dudé entre entrar o no, y hasta estuve a punto de decirle a Tere que acababa de recordar algún compromiso previo para salvarme de ese asqueroso olor, cuando mis ojos se posaron en la pared frente a la puerta. Decidí que definitivamente quería volver a ver los cuadros que me habían impresionado tanto la noche del cumpleaños de Tere y eso bien valía soportar la pestilencia de esa casa.

La vez pasada no me fijé que algunos de los retratos eran de la época de la Revolución. Mis ojos iban de uno a otro, queriendo memorizarlos todos para después poderlos describir con lujo de detalles. No podría decir cuál de ellos era más feo. Yo tenía un libro con fotos de escenas de películas de terror. En él, había fotos de los personajes creados por la industria cinematográfica desde los inicios del cine y ninguno en todo mi libro era tan terrorífico como estos retratos que tenía frente a mí. Todos tenían un aire familiar, en todos se repetía la nariz torcida y eran muy peludos, pero cada uno tenía ciertos detalles extras…

- Hola amiga –dijo una extraña voz, interrumpiendo mis pensamientos.

Mi mirada fue de la pared al ser que tan amablemente me saludaba. Casi no pude disimular el susto que me llevé. Era como los de los retratos, un sujeto pequeño, peludo, con la nariz torcida, con una joroba que lo obligaba a tener la cabeza girada hacia su lado derecho. Estaba frente a mí, sonriendo, dejando ver demasiados colmillos. Tenía la manita derecha extendida hacia mí, esperando darme un apretón de manos a manera de saludo.

- Hola amiga –repitió, ya un poco impaciente.

Me apresuré a extender la mano, no sabiendo si hacía bien o mal, dudando si mi seguridad estaría en riesgo. Sentí su manita peluda, húmeda, pegajosa. Pero él sonrió y Tere también. Aparentemente había hecho lo correcto.

Con disimulo limpié y sequé mi mano contra mi pantalón de mezclilla, y mientras les sonreía, mi mente era una verdadera revolución: no podía creer que estuviera viendo a alguien tan impresionantemente feo. No había otra palabra para describirlo. No había nada rescatable en esa persona, nada que no fuera feo. Pero su sonrisa… a pesar de los muchos colmillos, es una de las sonrisas más honestas que he visto en mi vida. Tanto, que hizo que cambiara mi falsa sonrisa por una verdadera.

Sentí compasión por él. ¿Cómo sería ser así?

Comprendí que lo estaba viendo fijamente y que eso no era nada amable. Desvié la mirada. La pared de los retratos ya no era interesante. Ya no había morbo, no cuando uno de ellos me sonreía así.

Pasamos a la sala, que supuestamente Tere había pasado toda la mañana limpiando. Y digo supuestamente, porque todo estaba polvoso. Cuando me senté, Tere me aclaró que a quien acababa de saludar era su hermano y que tenía quince años. Se llamaba Miguelito.

Miguelito decidió sentarse enfrente de mí. En ese momento era él quien me observaba, era yo el sujeto extraño. No perdía detalle de mis movimientos y, aunque me había enternecido, de todas maneras no sabía lo que haría y eso me ponía nerviosa.

De pronto, ladró el perro de la casa, que estaba afuera, y al que podíamos ver a través de la ventana. Miguelito se levantó como un resorte, fue hacia la ventana y le escupió al perro. Me quedé boquiabierta. Miré a Tere, esperando su intervención en semejante atrocidad. Pero Tere estaba encantada relatando una más de sus aventuras, de las que ni me enteré por estar ahora más nerviosa, pensando que también podía escupirme a mí.

Después de un rato, Tere cayó en cuenta de que no me había dado café. Ni tiempo me dio de decirle que no, se fue a la cocina dando saltitos, como suele “caminar”.

Mientras ella se fue, Miguelito me dijo que su perro se llamaba Ringo, y para que yo viera cómo lo quería, le escupió otra vez. Afortunadamente para el perro, pero desafortunadamente para mí, esta vez le falló la puntería y la saliva empezó a escurrir por el vidrio. Entonces noté que el vidrio tenía unas manchas secas de escurrimientos, lo que me hizo pensar que Miguelito tenía muy mal tino. Qué bueno por Ringo.

Tere regresó dando saltitos y dejó un vaso de supuesta limonada, pues se había acabado el café, sobre una mesa polvosa. La limonada tenía un aspecto turbio, por lo que ni la probé.

Unos pasos que se acercaban hicieron que me girara para ver de quién se trataba. Era la ya mencionada “Malencarada”, la que nos abrió la puerta aquella noche, hacía ya unos siete meses. Seguía igual de mal encarada que entonces. De la conversación que mantuvieron, deduje que era la madre de Tere y la mujer del sudario del cumpleaños debía ser su abuela. De la cocina salió un hombre secándose las manos con su camisa. Era el padrastro de Tere, y padre de Miguelito.

Cariñosamente le pusieron una chamarra al hermanito de Tere, le dieron instrucciones a Tere sobre lo que había para comer, y se fueron. A mí ni me saludaron, ni tampoco se despidieron. Tere apenas y los miró. Sin más, empezó a contarme una nueva aventura.

Minutos después, cuando ya no soportaba más el olor, le dije a Tere que ya me tenía que ir. Ringo dio un pequeño aullido y, al mirarlo, vi que me miraba de manera insistente. Ahora comprendo que tal vez pedía ayuda. Pobrecito.

Ya cerca de la puerta, decidí que no podía quedarme con la duda y pregunté a Tere quiénes eran esas personas. Pude ver cómo Tere se enorgullecía. Señalando a un revolucionario y a una mujer, dijo que eran sus bisabuelos. Después me enseñó a unos niños, diciendo que eran sus tíos. Me atreví a mencionar el parecido entre su hermano y uno de ellos y ella estuvo de acuerdo conmigo, incluso lamentó el no parecerse ella a sus horrendos parientes por ser más parecida a la familia de su padre. Parece ser que su bisabuelo materno fue un valiente revolucionario cuyo nombre ya no recuerdo.

También me extrañó ya no ver la puerta por la que habían metido al abuelo el día del cumpleaños, aquella que nos pareció un closet. Tere sonrió de manera extraña. Dijo que la habían cerrado desde la muerte de su abuelo, ocurrida hacía tan solo unas semanas. Enigmáticamente agregó que ese era el lugar de su abuelo. Me imaginé al pobre abuelo emparedado. Sentí aún más intenso el desagradable olor y con un apresurado adiós y una nausea a punto de hacer erupción, aparté a Tere de la puerta casi de un empujón y corrí hacia mi coche.

Arranqué tan pronto como pude, bajé la ventanilla y dejé que el viento de la tarde invadiera el interior del coche. Aspiré con ansia, necesitaba llenar mis pulmones con aire nuevo.

Aceleré.

Me urgía llegar a mi casa para hablarle a Carlos y contarle de todo lo que se había perdido.

 

 

SILVIA RAMIREZ DE AGUILAR P.

Thursday, March 20, 2014

EL ROEDOR




 
Todo empezó una noche alrededor del año 2002, de eso hace ya mucho tiempo, pero el recuerdo de esos días me ha estado rondando la cabeza últimamente.

En esa época, todas las noches al subir para acostarme le daba medio bolillo a mi perro Drac. El bolillo era la razón por la cual se quedaba conmigo hasta las once de la noche, en lugar de subir con mi esposo a las nueve y media o diez.

Esa noche, Drac comió su pan rápidamente y fue al baño a tomar agua de su plato mientras yo me lavaba los dientes.

Todas nuestras noches eran iguales: subir, ver a los niños, tomar agua, lavar los dientes, poner la pijama, apagar luces, leer… Pero esta noche, ya a punto de acostarme, noté algo desacostumbrado en nuestra rutina. Por alguna extraña razón Drac se acercó a la cama y empezó a olfatear con insistencia por debajo.

Al principio me pareció normal pues mis hijos dejaban juguetes o caramelos por todos lados, pero cuando Drac rodeó la cama y olfateó cada vez con más fuerza, supe que un roedor había estado o estaba ahí. Después Drac salió a la terraza, volvió a entrar y rodeó la cama, para volver a salir. Era como si estuviera siguiendo el rastro del animal. Por tercera vez, hizo lo mismo.

Yo no quería despertar a mi esposo para alarmarlo sobre algo de lo cual no tenía ninguna certeza. Y, además, esta vez, Drac regresó de la terraza y dando un largo suspiro, se dejó caer en el piso al pie de la cama para pasar la noche. Esta era la señal que yo necesitaba para saber que todo estaba bien, así es que, sin pensar más en ese asunto, abrí mi libro para leer como todas las noches.

A la mañana siguiente desperté emocionada pues quería arreglar una habitación que sería la nueva recámara de mi hijo, así es que después de desayunar puse manos a la obra.

Empecé por sacar algunas cosas que tiraría y esto me llevó a fijarme en  los cojines del sofá cama. Me acerqué a acomodarlos y fue entonces que vi una cuerdita.

¿Qué sería esa cuerdita que se asomaba por debajo del mecanismo del sofá cama?

Estaba a punto de tocarla, cuando se fue hacia abajo.

Me quedé paralizada porque comprendí que esa “cuerdita” era nada más y nada menos que la cola de una rata a la que estuve a punto de tocar.

Muy silenciosamente salí de la habitación y la cerré para dejar a la rata atrapada. Con cuidado metí entre la puerta y el piso un trapo con el que había estado limpiando, así la rata no podría salir.

¡Qué bien!

Compré y coloqué estratégicamente unas trampas de pegamento. Ya solo quedaba esperar a que la rata se quedara pegada y chillara con desesperación.

Pero pasaron los días y la rata ni se quedaba pegada a ninguna trampa, ni intentaba salir de la habitación. Me intrigaba saber de qué se estaba alimentando, así es que decidí inspeccionar cada rincón, pues no podía quedarse ahí indefinidamente. En cuanto guardara la ropa limpia de mis hijos, iría a investigar.

Y justamente estaba guardando la ropa, cuando escuché unos ruiditos provenientes de una cómoda que tenía uno de los cajones abierto. Sin pensarlo, cerré el cajón tan rápido como puede, pues me di cuenta que había estado esperando algo que nunca iba a suceder, la rata jamás se iba a pegar a una trampa pues las trampas estaban encerradas y la rata no.

La que en verdad salió silenciosa de la habitación aquel día había sido la rata, no yo. De hecho, la rata hubiera podido encerrarme a mí.

Escuchar a la rata moverse dentro de la cómoda, yendo de cajón en cajón intentando escapar, me hizo volver a la realidad. Y la realidad era que tenía a una rata encerrada en una cómoda y que no sabía qué hacer. Además, no había nadie en la casa. Bueno, nadie excepto...

- ¡Drac! ¡Ven, Drac!

Drac, fiel como siempre, vino corriendo. Se dio cuenta inmediatamente que dentro de la cómoda estaba la rata. Por un momento me arrepentí de haberlo llamado, pues hasta me empujaba queriendo encontrar un hueco por el cual meter la nariz.

Definitivamente lo más indicado era sacar la cómoda de la recámara, algo muy sencillo, pues era una cómoda pequeña.

Rápidamente mi cerebro alterado por la adrenalina ideó un plan perfecto: sacaría la cómoda de la recámara de mis hijos empujándola hasta mi recámara y de ahí hasta la terraza, en donde abriría un cajón y le daría golpes al mueble para que la rata se fuera a su casa.

¡Perfecto!

Todo fue de acuerdo al plan hasta que llegué a mi recámara y recordé un pequeño detalle… bueno, dos: los dos escalones que hay a media recámara.

¿Estaría cerrada la cómoda por abajo?

No lo recordaba y la verdad es que no me quedaba más remedio que arriesgarme. Eso sí, si se escapaba por abajo, no podría regresar a la recámara de mis hijos pues tomé la precaución de cerrar mi puerta.

Drac ya estaba ansioso por atrapar a la rata, así es que después de respirar profundamente levanté el mueble.

Como era de esperarse, la rata salió por abajo, pasó por encima de mi pie y corrió hacia la puerta. Ni tiempo tuve de aterrorizarme por ese breve contacto físico por estar al pendiente del recorrido de la rata. Como la puerta estaba cerrada, a la rata no le quedó más remedio que rodear la recámara con Drac pisándole los talones (si es que tienen). Subió los dos escalones, pasó por debajo de mi cama y salió por la terraza, por donde finalmente escapó de la persecución de Drac.

Con la puerta de la terraza cerrada, reubiqué las trampas pegajosas, por si acaso… Y claro, bien dicen que uno crea su realidad: el “por si acaso…” era una invitación a que regresara la rata.

No volví a mi recámara hasta la tarde de ese día.

Y ¿qué fue lo que encontré?

La puerta de la terraza estaba abierta y una de las trampas no estaba en su lugar, sino bocabajo en un lugar completamente diferente. Al levantar la trampa, descubrí que tenía pelo de rata pegado.

¿Cómo era posible? No le había bastado quedarse atrapada y después ser perseguida. La rata había regresado por más, y yo le daría más.

Lo primero que hice fue localizarla, lo que fue bastante sencillo, pues el ruido que hacía al moverse dentro del closet de mis hijos la delató.

El siguiente paso requería de la participación de otra persona y debo confesar que mi hijo de siete años me estaba pareciendo el compañero perfecto. Afortunadamente la puerta de la entrada se abrió, dando paso a mi esposo, quien entró muy sonriente pensando en pasar una agradable y tranquila tarde de tele. La sonrisa se le borró al enterarse que pasaría una ajetreada tarde de cacería, pero una vez asimilada la idea, decidió que era su oportunidad para crear un arma mata ratas.

Más tarde teníamos todo listo: cerramos puertas, cajones y levantamos las camas de los niños. Limitamos los escondites tanto como fue posible, y armados con una escoba y una especie de lanza que mi esposo fabricó, estábamos listos para enfrentar al enemigo.

Una, dos, tres…

Abrí el closet y metí la escoba por la parte de abajo. La rata se movió ruidosamente hasta llegar a mi vista. La empujé con la escoba, cayó al suelo y corrió hacia afuera. Siguió el camino que habíamos preparado, entró a mi recámara evitando varias veces ser clavada con la rudimentaria lanza. Nosotros la seguíamos. Recorrió una vez más el camino de la mañana y salió a la terraza. La alcancé justo a tiempo para ver cómo bajaba de la terraza a la barda y entraba por un agujero.

Mientras mi esposo preparaba cemento para tapar el agujero, yo monté guardia, lanza en mano, por si intentaba volver a salir.

Ya obscurecía cuando por fin quedó tapado el agujero de la barda. A esa rata nunca la volvimos a ver.

Rara vez la adrenalina recorre nuestros cuerpos haciéndonos sentir con más energía, audaces y valientes.

Aunque sé que han pasado muchos años desde entonces, mientras rompo el cemento, tengo la esperanza de estar abriendo una puerta a nuevas generaciones de ratas que se sientan atraídas a mi terraza, que me hagan sentir viva otra vez. Las recibiré gustosa con lanzas más sofisticadas.

¡Qué emoción!

 

SILVIA RAMIREZ DE AGUILAR P.

 

 

Tuesday, February 25, 2014

LA PRINCESA SIN MEMORIA



 

Había una vez un joven Rey que no tenía esposa, por lo que decidió ir a los reinos vecinos en busca de una. Durante años recorrió muchos lugares sin encontrar una mujer a la que pudiera convertir en su reina y, cansado de andar de aquí para allá, decidió hacer un alto en su camino.

 
Se detuvo en las afueras de una aldea que le pareció agradable y después de amarrar a su caballo se refrescó en un riachuelo que por ahí pasaba. Ya fresco y limpio, se recargó en el tronco de un árbol y se quedó dormido.

 
Escondidas atrás de unos arbustos cercanos a donde dormía el Rey, estaban tres hermanas que eran brujas. La mayor se llamaba Malbella, la mediana Malbona y la menor Malserioza. Todas buscaban marido, y este les pareció el candidato ideal. Empezaron a discutir entre ellas quién se lo quedaría, pero temerosas de que el Rey despertara y las fuera a oír, acordaron hacer un pacto: dejarían que el Rey eligiera a una de las tres y las otras dos respetarían esa decisión. Y una vez sellado el pacto con sangre, como era su costumbre, se fueron apresuradas a buscar a su hermano Stelistino para que se hiciera amigo del Rey.

 
Stelistino se acercó al Rey, como si pasara casualmente por ahí. Y, para hacer amistad, le ofreció un poco de pan y queso que sus hermanas le habían preparado en una canasta. El Rey al principio sintió un poco de desconfianza de ese hombrecillo de ojos saltones, pero todo se veía delicioso, así es que aceptó agradecido y comió pan y queso. Pronto se hicieron amigos y Stelistino, aprovechando que el Rey no tenía donde pasar la noche, le ofreció un lugar para dormir. Le dijo que vivía con su madre y sus amables y hermosas hermanas.

 
Desde que el Rey vio a las hermanas se enamoro de Malbona, pues el pan que había comido contenía un embrujo destinado a enamorarse de ella. Por eso, aunque las otras dos intentaron conquistarlo por todos los medios, tuvieron que aceptar no sólo el pacto, sino que el Rey ni siquiera las miraba.

 
Malserioza, desesperada, recurrió a su madre para que la ayudara a vencer a Malbona, pero ni los embrujos de la Bruja Mayor sirvieron para neutralizar el enamoramiento que el Rey sentía por Malbona.

 
Malbona no lo amaba,  lo único importante era haber vencido a sus hermanas, y el Rey sería un buen padre para sus hijos, de quien heredarían la corona y su apariencia, y eso para Malbona era mucho más importante que el amor. Así es que para asegurar la fidelidad del Rey, desde antes de la boda Malbona le hizo jurar que nunca amaría a otra mujer, sólamente podría quererla a ella. El Rey la amaba con todo su corazón, y para él fue fácil hacer ese juramento, por lo que sellarlo con sangre le pareció innecesario, pero lo hizo gustoso porque eso tranquilizaba a Malbona.

 
Pasó el tiempo y Malbella y Malserioza embrujaron a unos hombres y los convirtieron en sus maridos, pero como ninguno de los dos podía compararse con el Rey, por ser simples aldeanos, ellas seguían suspirando por arrebatarle el marido a Malbona.

 
Es muy difícil mezclar al bien con el mal, por eso pasó mucho tiempo para que el Rey y Malbona pudieran ser padres. Finalmente ella dio a luz a una hermosa niña.

 
El Rey estaba feliz con la pequeña Princesa, la amaba con todo su corazón y más que a nadie en el mundo. Esto hizo enfurecer a Malbona pues él había roto su juramento y lo odió con toda la fuerza de su alma. Ver a Malbona enojada con su esposo hacía muy felices a sus hermanas, quienes aprovechaban estos momentos para hacerle ver a Malbona lo poco conveniente que era el Rey para ella.

 
La relación entre el Rey y Malbona se debilitó sin que Rey entendiera el porqué. Malbella y Malserioza, cada una por su lado, volvieron a intentar conquistarlo, pero el Rey ni siquiera las veía, pues su única preocupación era luchar por arreglar las cosas con Malbona. Quería que su hija tuviera a sus padres juntos.

 
La falta de interés del Rey por sus cuñadas, hizo que Malbella y Malserioza también lo odiaran.

 
En ese momento el odio que sentían hacia el Rey hizo que las cuatro brujas se unieran: la madre y las hijas. Todas juraron que lo destruirían, y la mejor manera de hacerlo era quitándole lo que más le importaba en la vida: la Princesa.

 
El Rey no lo sabía, pero sus antepasados, que lo veían desde el más allá, estaban librando una batalla con el mal que había en la familia de las brujas. La primera en caer vencida fue la Bruja Mayor, pues aunque era una muy poderosa, era vieja y estaba enferma. El mal que había causado al Rey y a otros se le había regresado, terminando con su vida.

 
Al poco tiempo Malbona cayó enferma. El Rey, pensando que hacía un bien, pidió a la Princesa que no se separara de su madre, y aceptó que Princesa y Malbona fueran por un tiempo a quedarse con las hermanas de su esposa, quien creía que estar con su familia la fortalecería para recuperarse de su enfermedad. Ella no se dio cuenta que el veneno que tenía su familia sólamente empeoraba su situación.

 
Fue por entonces que el Rey notó que Princesa ya no era la misma, pero lo atribuyó a la preocupación que le causaba la enfermedad de su madre. ¿Cómo podía el Rey imaginar que a Princesa la embrujaban cada día Malbona y sus hermanas para que perdiera la memoria?

 
Princesa tenía muy buenos recuerdos de su padre, por lo que a ellas les costó mucho que lo olvidara. Pero eran persistentes y cada día Princesa se alejaba más y más del Rey.

 
Princesa ya no sabía quién era su padre, los brebajes que le daban hacían que lo viera como a un desconocido.

 
Malbona finalmente murió. Malbela y Malserioza decidieron no avisar al Rey para hacer creer a Princesa que aun cuando se había mandado un mensaje a su padre, él ni siquiera se había presentado en los funerales de Malbona, para que Princesa viera lo poco que le importaban al Rey ella y su madre.

 
Cuando el Rey se enteró, tiempo después, de la muerte de Malbona, sintió una enorme tristeza, pues aunque el amor entre ellos había terminado, era la madre de Princesa y sentía el dolor de su hija como propio.

 
Princesa, aconsejada por sus tías, pidió permiso a su padre para permanecer un tiempo con su familia materna, ya que necesitaba hacerse a la idea de que su madre ya no estaba en este mundo. Lo que más deseaba el Rey era estar con su amada hija, pero aceptó, pues le parecía que hubiera sido una crueldad negarle el permiso, incluso cuando algo dentro de él le decía que lo mejor era arrancar a Princesa de las garras del mal de esa familia.

 
El Rey no sabía la cantidad de podredumbre que había ido creciendo en Malbella y Malserioza. Sobretodo en Malserioza, quien se había hecho a la idea de que alguna vez podría casarse con el Rey, y al ver cada vez más lejos la posibilidad de que eso ocurriera, decidió quedarse con Princesa. Si no podía tenerlo a él, la tendría a ella. Sería la hija que hubiera tenido con él y que no tuvo por culpa de Malbona. Ahora que su hermana no estaba, usaría a  Malbella y todos sus hechizos para lograr su cometido. El Rey se arrepentiría de no haberla elegido a ella desde el principio. Odiaba al Rey y odiaba a Malbona. Por culpa de los dos ella no era feliz.

 
Cada día reforzaban en Princesa el embrujo de pérdida de memoria. Inventaban sucesos inexistentes en los que hacían creer a Princesa que su padre era un ser despreciable. Al principio, Princesa se resistía a creer todo lo que Malserioza y Malbella le aseguraban. Pero era una niña y creía que sus tías sabía más que ella, así es que acabó por creerlo, tanto, que ya no veía a su padre como una persona, sino como un furioso dragón dispuesto a lanzarle una llamarada.

 
El Rey estaba desesperado, pues Princesa apenas y lo reconocía, así es que pidió ayuda a un viejo mago. Por meses la magia de Mago luchó contra la brujería de Malbella y Malserioza. Las hermanas, desesperadas al ver que sus hechizos eran insuficientes, recurrieron a su hermano Stelistino, quien estaba como aprendiz de un gran brujo. El Brujo era malvado y tramposo, y con gusto aceptó ayudarlos.

 
Mago y Brujo lucharon. A veces parecía que uno ganaría, a veces parecía que sería el otro. Era magia muy poderosa la que empleaban.

 
Cuenta la leyenda que Mago y Brujo siguen luchando. Han habido muchas batallas entre ellos.

 
En realidad el que ganen o pierdan no tiene importancia, pues sólamente  Princesa tiene el poder para recuperar lo que Malserioza le quitó.

 
Dentro del corazón de Princesa hay una gotita de luz queriendo crecer, luchando contra el veneno con el que lo cubrieron, tratando de encontrar una pequeña grieta por la cual salir y limpiar la negrura en la que se convirtieron las mentiras que por años le han contado. Princesa tiene que creer a los aldeanos cuando hablan de su padre como de un buen hombre. Tiene que dejar que la luz de la verdad la inunde para poder ir recuperando sus recuerdos uno a uno y rechazar la obscuridad con que la cubrieron sus tías.

 
Y cuando Princesa esté lista, cuando haya recuperado el recuerdo de su amoroso padre y quiera acercarse a él otra vez, ahí estará Rey, para abrazarla de tal manera que todo quede olvidado y, aunque es imposible recuperar el tiempo perdido, tendrán mucho tiempo por delante para ser felices otra vez.

 

Silvia RamirezdeAguilar P.

 

 

Friday, February 7, 2014

NOCHE DE CUMPLEAÑOS CON LOS USHER




 
A Tere Usher la conocimos en el trabajo mi hermano Luis y yo a mediados de los ochenta. En esa época, los dos trabajábamos en el mismo lugar. Y ahí, justamente, fue donde un buen día apareció Tere con su gran sonrisa y su excesiva ignorancia.

Mi trabajo era totalmente ajeno al de ella, pero mi pobre hermano tuvo que explicarle una y otra vez cómo realizar ciertos trabajos. De ahí, Luis llegó a la conclusión de que Tere era tonta. Y de ahí llegué yo a la conclusión de que Tere no era tonta, sino que se hacía la tonta.

Tonta o no, era simpática y esa fue una de las razones por las cuales aceptamos la invitación que nos hizo a su fiesta de cumpleaños. Otra razón fue que insistió tanto, que no nos pudimos negar. Y existía una tercera razón, y esta era la más poderosa: que nos habíamos quedado muy intrigados respecto al lugar donde vivía Tere, desde una tarde en que la fuimos a recoger a su casa y habíamos visto a un par de individuos sumamente extraños justamente afuera de la casa de Tere. Se trataba de una mujer jorobada de avanzada edad, recargada en un sujeto muy parecido a los aborígenes australianos. En esa ocasión, el sonido del motor del coche llamó la atención del sujeto y, al voltear a mirarnos, pudimos ver que tenía unos colmillos descomunales, que combinaban a la perfección con su cabellera, que aparte de escasa era canosa y, además de china, estaba despeinada. Cuando nos fijamos bien, ya no estuvimos tan seguros de que fuera la mujer la que se recargaba en el sujeto. De hecho, daban la impresión de estar recargados el uno en la otra, como repartiéndose su fealdad.

La noche del cumpleaños, no sabíamos lo que nos depararía el destino. Queríamos ver el ambiente de Tere, no muy seguros de lo que encontraríamos tras las paredes de esa casa.

Al bajarnos del coche de mi amigo Carlos (con quien siempre estaba en aquella época), tuvimos que tocar la reja con una moneda, pues nunca encontramos el timbre. Como el sonido era fuerte, esperábamos que se escuchara adentro. Pero eso no sucedió, así es que supusimos que la música no los dejaba oír y  por eso nadie salía a abrir.

La segunda vez, en vista del éxito anterior, tocamos aún más fuerte. Desde una ventana del piso superior se asomó un niño sumamente obeso. Podíamos ver que su mirada iba dirigida a nosotros, pero por más señas que le hicimos, ni se inmutó, así es que supusimos que no nos veía.

Tocamos una tercera vez, pero el niño parecía tener la mirada perdida, así es que perdimos la esperanza de que él bajara a abrirnos.

Tocamos por cuarta vez. Ahora, vimos que la puerta de entrada se abría, otro niño obeso apareció (seguramente hermano del niño de la ventana). Nos vio, gritó “¡Cállense!” a todo pulmón y volvió a cerrar la puerta.

La verdad es que no nos podíamos ir, pues el coche de mi hermano estaba estacionado afuera y pensamos que tal vez podría necesitarnos en caso de que el colmilludo estuviera por ahí.

Dicen que no hay quinto malo, así es que tocamos por quinta vez. Esta vez no apareció ninguno de los niños gordos, sino una mujer de mediana edad. A primera vista parecía molesta por algo, tal vez por tener que abrir la puerta a unos perfectos desconocidos mientras se perdía la diversión de la fiesta.

No nos disculpamos por interrumpirla, tan sólo dijimos “buenas noches”. Su respuesta fue una imitación de nuestro saludo, pero en seco. Y como no nos dijo que nos fuéramos, y además nos abrió la puerta, supusimos que eso era una invitación a pasar.

Justo en la pared frente a la entrada había unos cuadros que no pude dejar de ver pues eran realmente impresionantes. Unos eran fotografías antiguas y los otros retratos a lápiz. Unos eran niños y otros adultos. Era una colección impresionante de seres sumamente extraños. P.T. Barnum seguramente hubiera pagado millones por incluir a todos estos seres en su Freak Show. Pero lo más impresionante, era el increíble parecido entre estas caras y el individuo de los colmillos.

Desgraciadamente, apareció Tere y no me quedó más remedio que desviar mi mirada de esa extraordinariamente interesante pared de los horrores. Recordé que esperaba ser felicitada y, con la mejor de mis sonrisas, le entregué un regalito.

Mientras ella inspeccionaba el regalo, y al darme cuenta que ya no era posible ver la pared de la entrada, opté por echar un vistazo inicial por el interior de la casa de los Usher después de dar las buenas noches a las personas ahí presentes. De entrada, puedo decir que no había música, sino un constante murmullo ininteligible.

Sentado de frente a donde nos encontrábamos, en lo que supuse era el comedor, se encontraba un anciano con un Parkinson muy avanzado. Estaba siendo alimentado por una mujer, creo que la misma malencarada que nos abrió.

La voz chillona de Tere afirmando que era un regalo precioso me distrajo de mi observación, misma que Tere aprovechó para decirnos que pasáramos. Ahí estaba mi hermano, quien al vernos lanzó un suspiro de alivio nada discreto.

Tere nos condujo hacia unos lugares frente a la mesa del comedor, justo en el extremo opuesto al hombre del Parkinson. Noté que, aunque nuestro “buenas noches” general fue poco contestado, la gente que estaba dentro de la casa no nos quitaba la vista de encima. Me disponía a observarlos uno por uno cuando noté que la mesa estaba cubierta con un plástico transparente y grasoso que estaba encima de un mantel navideño, aunque estábamos casi a finales de febrero. Alejamos las sillas lo más posible de la mesa y mentimos a Tere, afirmando que acabábamos de cenar.

- Pero pastel sí van a comer.

Y sin esperar nuestra respuesta, que hubiera sido negativa, nos sirvió pastel.

Ahora sí, con el pastel intacto enfrente, pudimos ver a los otros invitados.

Debo decir que no era el tipo de fiesta que esperaba. Ya no recuerdo cuántos años cumplía Tere, pero debían ser alrededor de veinte, por eso suponía que sería una fiesta de jóvenes, con escándalo, risas y más alcohol del necesario. Pero la realidad era muy diferente, pues todas las personas que estaban sentadas en la sala, eran adultos mayores de cincuenta años y más parecían estar en un funeral que en la fiesta de una jovencita.

De la cocina salían invitados, se metían por un pasillo que estaba a mis espaldas, en donde aún había un Nacimiento, y por ahí desaparecían tal vez por una puerta que yo no alcanzaba a ver. De ahí salió un sujeto vestido como si estuviera haciendo ejercicio, y dijo:

- La música que llegó para quedarse.

Se sentó, y oímos la música. Tampoco me pareció que fuera la música ideal.

Mi vista iba continuamente hacia el viejo con Parkinson, ya que sospechaba que nuestra presencia había influido para que la malencarada dejara de alimentarlo, y eso me parecía terrible. En algún momento el anciano logró tomar la cuchara, logró ponerle comida y casi llevársela a la boca, mientras yo lo animaba con el pensamiento.

En eso estábamos el viejo y yo, a punto de atinarle a la boca, cuando aparecieron Malencarada y su hermana gemela y quitándole la cuchara, una de ellas dijo:

- Ya es hora de guardar al abuelo.

Me dejaron boquiabierta.

Entre las dos tomaron al abuelo por las axilas y con algo de prisa (por no decir bastante) lo condujeron hacia una puerta cercana a la entrada, que yo hubiera jurado que era un closet. Y, por la mirada que intercambiamos Carlos y yo, pude concluir que él pensaba lo mismo que yo.

Apenas nos recobrábamos de esta impresión, cuando una niña de unos cuatro años salió por el pasillo a mis espaldas con una escoba, cosa que a nadie le importó. Pero su intención no era precisamente barrer, sino usarla como macana para golpear a un bebé. Afortunadamente la madre del niño intervino antes de que fuera demasiado tarde y le quitó el arma.

Había una invitada como de unos treinta años que no hablaba con nadie. Se levantó cuando llegó un hombre, tal vez su esposo. El recién llegado no saludó a nadie. Traía un sobre en las manos que le entregó a la mujer después de susurrarle algunas palabras. Entre los dos lo abrieron y sacaron una especie de plano que analizaron por unos minutos. Se despidieron y se fueron. Tal vez era el mapa de un tesoro.

Llegó una adolescente que dijo ser la prima de Tere. Se fue y al rato volvió a entrar vestida diferente y nos la volvieron a presentar. Luego volvió a llegar vestida como la primera vez. Fue hasta después de varias entradas y salidas que descubrimos que no era una, sino dos iguales. Fue cuando se juntaron que una de ellas metió la mano en una gelatina que estaba sobre la mesa y sacó un pedazo de piña que se le antojó. Mientras, la otra se comía el merengue del pastel con el dedo. Entonces noté que mi aun intacto pedazo de pastel tenía varios dedos marcados en el merengue.

En algún momento, Tere se sintió inclinada a contarnos sobre su vida. Señalando un refrigerador que estaba en el comedor, nos dijo muy orgullosa:

- Tenemos dos refrigeradores. Pero este, ya me dijo mi mamá que cuando me case va a ser mío ¿verdad, mami?

Y al decir esto, volteó a ver a una mujer cercana a los setenta años que iba envuelta en un sudario y a la que no habíamos visto antes. La mujer simplemente asintió y siguió su camino, como deslizándose. Qué frío sentimos de repente.

En ese momento se acercó un hombre y se sentó al lado de Carlos. Me asustó esta aparición tan repentina.

- Buenas noches –nos dijo muy ceremonioso- . Yo soy tío de Tere y como los veo un poco alejados, pues decidí venir a platicar con ustedes. Quiero que se sientan como en su casa. Yo no soy la persona más indicada para decirles esto, porque no es mi casa, es la casa de mi tía. Pero siéntanse como en su casa. Yo soy el tío de Tere y, como es mi sobrina, quiero que sus amigos se sientan como en su casa. Aunque, como ya les dije, esta no es mi casa, pero yo se las ofrezco para que se sientan como en su casa, porque… bla… bla… bla…

Horas después, o al menos a mí me pareció que habían pasado horas, de pronto se quedó callado y agregó:

- Yo debí haber sido político. Pero, ahora sí en confianza…

Y aquí fue cuando empezó a proferir una serie de palabrotas que en mi vida había oído.

El disparatado discurso de este individuo logró que Luis y yo intercambiáramos miradas y Carlos y yo patadas por debajo de la mesa. Todo eso significaba: “ya vámonos”.

Y estábamos a punto de levantarnos para despedirnos, cuando Tere hizo una nueva aparición y, sin venir al caso, nos contó que su papá no había llamado para felicitarla por su cumpleaños. Era obvio que si la dejábamos proseguir con su historia no íbamos a poder evitar que llorara. Y si lloraba, no nos podríamos ir. Así es que sin más, le dijimos que seguramente todo estaría bien y más tarde la llamaría. Y aprovechando su confusión, nos levantamos rápidamente. Pusimos de pretexto que estábamos invitados a otra fiesta, y sin darle tiempo a insistir, salimos los tres de la casa con un “buenas noches” general.

Sólo pude dar un último vistazo a los cuadros. Me hubiera gustado verlos con detenimiento.

Una vez que llegamos a la calle, sentimos un verdadero alivio.

Tal vez le darían al abuelo el resto de su cena.

Luis se fue en su coche, aliviado de haber salido ileso.

Y nosotros, una vez dentro del coche, empezamos a comentar lo que acabábamos de vivir.

Carlos, muy asombrado, me dijo:

- ¿Te fijaste que todas las sillas eran diferentes?

 

 

SILVIA RAMIREZ DE AGUILAR P.

 

Saturday, December 28, 2013

¡A COMER!




 En la inmensa fábrica de aceite el día y la noche eran iguales, las maquinas funcionaban sin descanso, el ruido ensordecedor no paraba ni un segundo, decenas de obreros entraban y salían con cada cambio de turno: los de la noche, los de la mañana y los de medio día, cada uno teniendo que checar su hora de entrada y su hora de salida. Un vigilante al lado del reloj checador, no perdiendo detalle, no dejándolos checar más de una tarjeta. 

Grandes tráilers cargados de grano eran pesados en unas enormes básculas antes de descargar el grano que llenaría los silos para convertirse en aceite, otros tráilers eran pesados cuando salían, llevando miles de botellas llenas de aceite, miles de litros para su distribución y venta.

Cualquiera diría que la ciudad entera se bañaba en aceite cada día.  

Esa tarde, por un momento, en medio de la tormenta, se detuvo la actividad de esos cientos de obreros parecidos a hormigas. Se fue la luz y, de pronto, todo fue silencio. Antes de que empezara a funcionar la planta de luz se oyó un grito. La típica broma de los obreros cuando por alguna razón la energía eléctrica era suspendida y todo quedaba en completa obscuridad. La luz y el ruido de las máquinas volvieron a todos a su actividad.

Serafín López era un obrero del turno del medio día, de los que salen por la noche. Llevaba apenas un mes en la fábrica y ya había faltado unas cinco veces. Por eso, cuando el vigilante de la puerta aseguró que la noche anterior no había salido de la fábrica, la reacción general fue de incredulidad. En todo caso se había salido sin checar tarjeta o alguien la había checado por él a la entrada. Culparon a Eulalio Martínez, su amigo, de haber checado la tarjeta de Serafín para que no se le descontara el día, pero Eulalio lo negó todo. Y, aunque tenía cara de culpabilidad, como Serafín ya no regresó a trabajar, pues tampoco importaba que le hubieran checado la tarjeta.

El vigilante insistió: estando él presente, nadie (y recalcaba el “nadie”) checaba dos o más tarjetas.

Como Serafín no era un buen trabajador, poco les importaba a todos si había ido o no. Simplemente se dio aviso al sindicato y se buscó a un nuevo obrero para ocupar su lugar.

Como en el teatro, la función en las fábricas debe continuar.

Los silos estaban rebosantes de grano. Había que acelerar la producción de aceite pues, además, se estaba agusanando.

Días después, descubrieron un montoncito de ropa atada con una cuerda en un rincón de la fábrica. Eulalio Martínez la reconoció como de Serafín López, y eso fue lo último que se supo de Eulalio, pues pretextando un fuerte dolor de cabeza, se fue para nunca más volver.

Entonces ¿el vigilante tendría razón? ¿Serafín nunca salió?

Tardaron días en comprender que ese ligero tono rojizo del último lote de aceite no se debía a un hongo. Fue demasiado tarde, pues Serafín ya había salido en unos enormes tráilers rumbo a miles de casas en las que serviría para freír la deliciosa comida de mamá.

Esas casas en las que las mamás llamarían a sus hijitos y a sus maridos a la mesa con el tradicional: ¡A comeeeer! Así, alargando la e.

 

SILVIA RAMIREZ DE AGUILAR P.

 

Friday, October 11, 2013

AFINIDAD


Por suerte, nadie se opuso a que yo me fuera adelante con el hermano de Mónica.
Supongo que la posibilidad de que yo vomitara si me sentaba en otro lugar que no fuera ese, fue suficiente para que mis tres mejores amigas accedieran gustosas a ir un poco apretujadas en el asiento de atrás.
Todo el camino fuimos cantando, a todo volumen, canciones que sólo Mónica conocía, pero que hábilmente nos dictaba a gran velocidad frase por frase, justo antes que el cantante llegara a esa parte. El hermano de Mónica nos hacía ver las tonterías que repetíamos. A él, que escuchaba música clásica, seguramente le parecía que su hermana y sus amigas éramos un cuarteto de locas inconscientes que repetíamos, “como pericos”, palabras sin sentido. Sus observaciones nos hacían reír, pues era hasta entonces que nos percatábamos del verdadero sentido de las letras de las populares canciones.
Pero no importaba, pues estábamos muy divertidas.
Y mientras cantábamos, por mi mente pasaban escenas de nuestra amistad, esa amistad a la que le habíamos dado, las cuatro, el nombre de “Afinidad”, y que estaba compuesta por: Maru, Lucero, Mónica y yo. En ese momento, aunque no estábamos peleadas, tenía poderosas razones para preguntarme por cuánto tiempo seguiríamos siendo amigas.
Vino a mí, nítida y clara, la vez que elegimos el cuento de Winnie Pooh para hacer una representación frente a toda la escuela.
Nos había parecido una idea fantástica, y lo fantástico de la idea se había esfumado antes de los primeros tres minutos sobre el escenario. Soportar los diez minutos faltantes, dándonos fuerza con solo mirarnos, a pesar de ser conscientes de lo absurdo de nuestra malísima actuación y de los bostezos exagerados del poco paciente público (nuestros compañeros de prepa), había fortalecido nuestra amistad de una manera impresionante.
Suspirando, pensé en las cosas que nunca más volveríamos a hacer, aun cuando siguiéramos siendo amigas:
Ir a Insurgentes en las tardes, y regalar flores a quienes veíamos tristes o serios, tan solo porque nos gustaba ver la sonrisa que se les escapaba.
Ir a las Aguas de la Zona Azul, con el pretexto de comernos unas jícamas con mucho limón y chile, para ver a quien nos encontrábamos.
Los sábados en la escuela, aunque nos tocaba deportes, pero era un pretexto más para estar juntas.
La fiesta de cumpleaños que organizó Mónica en un pequeño parque con columpios y resbaladilla.
Los discos de Supertramp que Maru trajo de Canadá y nos invitaba a su casa a escucharlos.
El terror de Lucero a perder una clase cada vez que le proponíamos irnos de pinta.
Las bolsas gigantes de papas a las que les vaciábamos una botellita completa de salsa Búfalo y nos la acabábamos en el recreo, pues compartíamos a quien nos pedía.
Nuestra extraña combinación de mordida de dona Bimbo y mordida de chocolate Abuelita.
La fiesta en casa de Mónica a la que no me dejaron ir.
Las llamadas en las mañanas para preguntarnos la tarea.
Las fiestas.
El coche de Maru al que se le quitaba el volante.
Los cafés.
Las interminables conversaciones por teléfono.
Los amigos.
La graduación.
Las escenas siguieron una tras otra. El viento que entraba por la ventanilla me estaba molestando, pero se sentía cada vez más calor.
También estaba el recuerdo de esa tarde en la que llegó Mónica con un montón de tarjetitas amarillas, que fue entregando a nuestros compañeros de prepa dentro de unos sobrecitos del mismo color. No fui la excepción
Y esa tarjetita amarilla decía, principalmente, algo muy simple y muy fuerte, que a mi queridísima amiga Mónica sus papas se la llevaban a vivir a Guadalajara. ¡Para siempre!
Esa tarjetita fue la confirmación de algo que ya sabíamos, era lo que lo hacía oficial. Mis esperanzas de que Mónica no se fuera, de que pasara algún evento milagroso que la dejara en México, se desvanecieron cuando repartió las tarjetitas.
¿Qué haríamos sin Mónica?
¿Quién tendría las ideas divertidas?
¿Quién aparecería en la escuela estrenando un vestido igualito al que yo estaba estrenando ese mismo día, sin saberlo ninguna de las dos?
Todo eso quedaba en el pasado, pues ese día en el coche del hermano de Mónica, nos dirigíamos precisamente a Guadalajara, a llevarla, para que no se fuera sola.
Fue en el verano de 1980 cuando hicimos ese viaje que marcaría el antes y el después de Afinidad. Un viaje que disfrutamos muchísimo y en el que Mónica hizo de guía de turistas. Aprendimos que la Minerva es “famosa por su historia” y muchas otras cosas que a ningún otro turista le han dicho. Aún ahora nos puedo ver caminando (sin cantar, pues Mónica no nos dejaba) por las cuidadas calles del club de golf al que llegó a vivir. Lugar en el que estaba prohibido, por ella, hacer cualquier ruido que molestara a sus nuevos y desconocidos vecinos.
Dejar a Mónica en Guadalajara fue como dejar a una parte de nosotras, casi como dejar a una hija. ¿Estaría bien? ¿Haría nuevos amigos? ¿Nos extrañaría? Y cuando por fin se animara a cantar a todo volumen, ¿quién la acompañaría?
El principio fue difícil para todas. Fueron muchas las cartas que fueron y vinieron entre México y Guadalajara durante los primeros años, los de la universidad, los de conocer a mucha gente nueva. Esos años en los que las cuatro tuvimos que hacernos amigas de otras personas ajenas a Afinidad. Y era de estas nuevas personas de las que hablaban nuestras cartas y de cosas que nos enterábamos de la gente a la que habíamos conocido juntas. Aun las conservo todas y a veces las vuelvo a leer. Leerlas me hace mucho bien.
Con el correr de los años, nuestra amistad se transformó. Dejamos de irnos de pinta, ya no nos preguntamos la tarea por las mañanas, no tenemos interminables conversaciones por teléfono, ni siquiera chateamos por horas, y ahora que no tengo que pedir permiso para ir a su fiesta, no hay una fiesta a la cual ir.
He entendido que los amigos tienen que seguir su vida. Puedo aceptar que Mónica tiene una vida en Guadalajara, Maru en Canadá y Lucero en México, y que eso nos impide estar juntas tan seguido como a mí me gustaría. Pero tal vez un día de estos, en algún lugar del planeta, volvamos a coincidir, compremos un ramo de flores y las vayamos repartiendo entre los tristes o los serios, para poder transformar su tristeza o seriedad en sorpresa y que de ahí se les escape una sonrisa. Y así, vayamos coleccionando sonrisas para después poder hablar de ellas, como lo hacíamos hace muchísimos años cuando nos íbamos de pinta.


SILVIA RAMIREZ DE AGUILAR P.