Sunday, February 27, 2022

LA VACUNA

 

Hace poco, volvimos mi hermano Jorge y yo a una clínica en la que atendía un pediatra al que íbamos siendo niños. Tiene cierta magia volver a pisar un lugar que ya tenías olvidado. Volver a los lugares en los que estuviste en tu niñez, te transporta al pasado de una velocidad instantánea.

Recordé de inmediato una ocasión en la que mi mamá nos llevó a vacunar. No recuerdo con precisión la enfermedad en cuestión. Me parece que era una de esas en la que aparecen erupciones en la piel.

Yo ya no era tan pequeña y había decidido ser valiente y no llorar, aunque me doliera. No era una promesa a mi mamá, ni al doctor. Era algo que yo había decidido para mí misma.

Por supuesto me dolió, pero disimulé el dolor y hasta logré la felicitación del doctor por mi valentía. Mi hermano Luis se resistió un poco, pero finalmente cedió y fue vacunado.

Pero Jorge, que de él trata esta historia, no estaba dispuesto a permitir que la aguja perforara su piel. Recuerdo que el doctor, la enfermera y mi mamá intentaron convencerlo, no sé si hasta quisieron chantajearlo. En vista de que no lo lograban, hasta yo le dije que no dolía tanto, lo cual era una mentira enorme, pues el brazo aún me dolía.

Y es que el problema no era el dolor que pudiera sentir, es que él aseguraba que esa enfermedad ya le había dado.

Mi mamá no recordaba (a fin de cuentas tenía muchos hijos), y, por lo visto, el expediente del doctor no decía tal cosa, si es que lo revisaron.

Al ver que no podrían convencer a Jorge por las buenas, empezó el forcejeo: ya habían perdido mucho tiempo con las negociaciones.

Creyeron que sería fácil, que al tomarlo por ambos brazos cedería. Pero no.

─¡A mí ya me dio! ¡A mí ya me dio! ─decía Jorge, cada vez a un volumen más alto.

En un descuido de los adultos, Jorge logró liberarse y salió corriendo del consultorio del pediatra, atravesó corriendo la clínica, gritando a viva voz que a él ya le había dado, ante los ojos de los atónitos pacientes de los otros médicos, y salió triunfante a donde ahora hay un jardín, pero que en ese entonces había lugares para estacionarse, hasta frenar junto al coche de mi mamá.

Ni la enfermera ni el doctor estuvieron ya dispuestos a luchar y a forcejear más con ese niño y, finalmente, todos subimos al coche.

El camino de regreso fue amenizado con los regaños por parte de mi mamá y la insistencia de Jorge de que a él ya le había dado.

Me imagino lo que cada uno iría pensando en el camino de regreso:

Mi mamá enojadísima por la vergüenza que había tenido que pasar.

Jorge feliz a pesar del regaño y seguro de haber hecho lo correcto.

Yo orgullosa de haber podido aguantar el dolor.

Luis, tal vez divertido por la escena al ver correr a Jorge a toda velocidad.

La conclusión de esta historia es que Jorge tenía razón, su álbum de bebé tenía la evidencia escrita con la letra de mi mamá: a él ya le había dado.

Entonces Luis y yo dudamos ¿y si tontamente nos habíamos dejado vacunar contra algo que ya nos había dado?

Hoy que lo recuerdo, me parece que fue una escena de lo más divertida, como de caricatura: un niño corriendo despavorido y detrás de él, el doctor, la enfermera y los hermanos, ansiosos por ver el desenlace ¿Quién ganaría?

Un lustro después miré a mi hermano y no pude evitar preguntarme si esta vez también correría despavorido, lejos de una jeringa en caso de requerir ser inyectado.


Silvia Ramírez de Aguilar P.

Friday, May 22, 2020

LA LLUVIA


LA LLUVIA

Dicen por ahí que el dinero no crece en los árboles, y que tampoco cae del cielo.
Sin embargo, en mi infancia yo vi algo que desmiente una de estas populares afirmaciones, no la de los árboles, sino la del cielo.

Esto fue lo que pasó:
Una mañana, unas muchacha que ayudaba con el trabajo doméstico de mi casa, nos anunció a mis hermanos y a mí, algo inaudito: que habían dicho por la radio que esa mañana llovería dinero.
Por supuesto, nuestra reacción inicial fue de extrañeza.

¿En serio?
¿Eso dijeron?

Y ella, la muy maldosa, aprovechando nuestra inocencia, nos aseguró que eso es lo que había oído.
Así es que si lo habían dicho por la radio, no teníamos razón para dudar.

Nos aconsejó salir al jardín a esperar esa lluvia, y dijo que subiría a la azotea a recoger el dinero que cayera allí.

¡Fue tan emocionante!

Obedientes, cosa rara, salimos corriendo al jardín, pues ya iba a empezar.

Para su fortuna, no podíamos mantener la vista hacia arriba, pues el sol lastimaba nuestros ojos, y pronto descubrimos que era mejor mirar hacia abajo, sobre todo cuando escuchamos con claridad cómo caía una moneda sobre el mullido pasto.

¡Era verdad!
¡Llovía dinero!

Luis, Jorge y yo corríamos felices por el jardín, riendo.

¡Nos haríamos ricos!
¿Qué compraríamos?

Claro que oíamos las risitas de la muchacha, pero suponíamos que estaba igual de feliz que nosotros juntando monedas o incluso billetes, así es que no desconfiamos, pues, además, siguieron cayendo monedas, que íbamos atesorando en nuestros puños cerrados.

Supongo que tendríamos, como mucho, cuatro o cinco monedas cada uno cuando dejaron de caer, pero decidimos esperar por si caían más.

La muchacha, satisfecha con su engaño, y habiendo agotado el poco dinero que estaba dispuesta a invertir en su broma a los niños de la casa, había vuelto a la cocina a seguir con sus labores.

No recuerdo si nos anunció el final de la lluvia de dinero o si nosotros lo dedujimos al verla interesada en otras cosas.

Obviamente no nos hicimos ricos, ni recuerdo si esas pocas monedas nos alcanzaron para comprarnos algo. Seguramente las dejamos abandonadas por algún lado y ella recuperó su inversión. No lo recuerdo.

Me la imagino contando a sus amigas lo fácil que nos había engañado y las risotadas de todas al imaginarnos recogiendo las pocas monedas de ínfimo valor.

No sé si ella vive todavía, ni tampoco si aún recuerda esa broma. Tal vez se la hizo a todos los niños de las casas en las que trabajó. No lo sé y supongo que jamás lo sabré.

Pero de lo que sí estoy segura es de que en ese momento en el que ella era una jovencita y nosotros unos niños, no se imaginó que esa niña, que recibía feliz las monedas que ella aventaba, siguiera recordando toda su vida ese momento mágico.

Gracias a ella, cada vez que escucho que el dinero no cae del cielo, viene a mi memoria la imagen de las monedas cayendo del cielo. Yo sé que el dinero sí puede caer del cielo y nadie podrá jamás convencerme de lo contrario.

Friday, September 27, 2019

ENTRE FUEGO, MOCO Y BICHOS



Normalmente medito muy bien mis acciones. Me detengo a analizar los pros y los contras de lo que tengo planeado hacer y busco más de una solución o más de un camino, pues así voy sobre seguro y no me topo con sorpresas desagradables.

Sin embargo, ha habido algunos momentos en mi vida en los que he actuado de manera impulsiva, con resultados verdaderamente desastrosos.

En este momento recuerdo tres de esas pésimas ideas:

La primera de ellas sucedió en mi casa.

En mi jardín, en un rincón oculto, se habían acumulado muchísimas ramas secas.
Mi marido, quien ya había muerto hacía como ocho años, solía guardar las ramas celosamente, pues servían como combustible para prender fuego en un asador, en el que preparaba paellas muy buenas. Así, mientras las ramas tuvieron un uso, estuvieron controladas, pero ocho años después, ahí seguían las que él había guardado, más las que yo había sumado.

No es que hubiera toneladas de ramas, pero todos sabemos que las ramas tienen pequeñas ramas y esas pequeñas ramas tienen otras aún más pequeñas y eso hace que ocupen demasiado espacio y me estorbaban. Además, me di cuenta de que no tenía necesidad de acumularlas, pues jamás haría una paella y, aunque quisiera o supiera hacer una, el asador se había oxidado y hasta hoyos tenía.

Sé que un jardinero rápidamente podría haber acomodado todas las ramas juntas después de  cortarlas del mismo tamaño y, con la misma destreza que un payaso convierte un globo en un perrito, hubiera tenido listas, al menos, un par de relucientes escobas. Pero yo no tenía jardinero, pues tampoco tenía pasto.

Así es que mi atado de ramas quedó nefasto. Mi plan B fue meterlas en un costal. En mi mente, las ramas entraban al costal con una facilidad impresionante, pero en la vida real, luchaban con uñas y dientes y se aferraban a la orilla del costal, por lo que solo unas cuantas quedaron atrapadas ahí dentro.

Este es el momento en el que, decidida a terminar con tanta rama, vino una maravillosa idea a mi cabeza. Rápidamente procedí a acomodarlas todas, incluso las del costal, que ahora se negaban a salir, en una jardinera que en ese momento no tenía plantas. Era un área cerrada que me permitiría controlar la situación. Y, con la ayuda de un poco de alcohol, les prendí fuego.

Al principio, todo fue maravillosamente bien. Era domingo y yo tenía una buena fogata en el jardín. Hasta lamenté no tener malvaviscos.

¡Qué buena idea la mía!

Sin embargo, mi gozo se esfumó muy pronto, pues poco a poco las llamas empezaron a crecer y mis dudas junto con ellas. Hubo un momento en el que el fuego estuvo a punto de alcanzar a mi árbol de chabacanos, y entonces me di cuenta de que debía detener el fuego a como diera lugar.

Miré a mi alrededor y allá, como a diez metros, la manguera me sonreía.

No dudé ni un segundo: abrí la llave del agua y procedí a mojar las ramas que ya estaban al rojo vivo.
El nefasto resultado fue una gigantesca nube de humo blanco, que fácilmente hubiera podido equipararse a una cumulonimbus. Esta inmensa nube, cubría toda el área de mi jardín y subía hacia el espacio sideral. Estoy segura de que hasta los extraterrestres, desde sus remotos planetas, pudieron ver lo que sucedía en mi jardín, por eso no entiendo cómo es que los vecinos no llamaron a los bomberos.

La buena noticia es que una vez que se disipó toda esa humareda, y cuando al fin pude ver algo que no fuera blanco, descubrí con regocijo que las ramas se habían reducido a unos pequeños tronquitos carbonizados.

Y ya que estamos afuera, fue aquí donde tuve otra de mis maravillosas ideas.

Mi perro Fluffy vivía en el jardín, y era allí donde tenía sus platos. A veces no tenía tanta hambre, y su plato de la comida permanecía lleno de croquetas hasta el día siguiente. Digamos que comía cuando quería y eso nunca fue un problema ni para él, ni para mí. Y así pasaron muchos años, hasta que, poco a poco, fui notando que alguien más se alimentaba de las croquetas de Fluffy.

De noche, varias babosas (sí, esas primas de los caracoles que no tienen concha), aprovechando que el plato estaba servido, se daban un festín, dejando sobre las croquetas caminitos brillantes del moco que secretan para poder deslizarse.

¡Asqueroso!

Busqué y busqué sin éxito el lugar en el que se escondían durante el día para evitar que llegaran hasta la comida de mi perro, pues muchas veces me tocó despegar a estos molestos moluscos, tirar las croquetas contaminadas y, además, tener que lavar el plato, que seguía resbaloso a pesar de las muchas lavadas.

De nada sirvió cambiar varias veces el plato de lugar e incluso ponerlo en un lugar más alto, pues las babosas no eran nada babosas y volvían a encontrarlo con suma facilidad.

Mi paciencia, que a veces es infinita, esta vez se agotó.

¿Qué se creían esos bichos? Ya verían que habían hecho muy mal metiéndose conmigo.

Así es que, una noche esperé pacientemente a que el plato se llenara de babosas, y cuando ya estuvo reunida toda la familia, abrí la puerta y, casi con una carcajada de bruja, arrojé al plato puños de sal.
No quise ver cómo se retorcían. Simplemente cerré la puerta y me fui a dormir.

A la mañana siguiente, descubrí mi estupidez.

Yo había leído que las babosas y los caracoles se deshidratan cuando les pones sal, y estaba lista para encontrar babosas deshidratadas, como chiles secos, algo así como chiles pasilla, pero nunca estuvo mi mente preparada para lo que había sucedido en el plato de Fluffy.

Aquella familia de babosas había pasado de ser entes separados, a una asquerosa fusión, que incluso parecía haber burbujeado en algún momento de la noche y que había tomado la forma circular del plato. Digamos que se había convertido en una especie de tapa, de una consistencia tipo hule, que intenté separar del plato, ayudándome con la pequeña pala del jardín, al mismo tiempo que contenía las arcadas que se fueron haciendo más y más frecuentes, hasta que opté por tirar todo a la basura, con lo que Fluffy salió ganando.

Entendí, gracias a esa nauseabunda lección, que era mucho mejor hacer un círculo protector de sal y poner el plato nuevo en el centro de ese círculo.

Mi tercera pésima idea sucedió en Cancún.

Estoy convencida de que no hay peor bicho en la creación que las cucarachas de las grandotas, esas cuyo nombre científico es Periplaneta Americana. Por eso, esas vacaciones no quería toparme con ninguna, a menos que estuviera muerta.

Mi plan era perfecto: apenas llegara a mi habitación, pondría una barrera protectora entre ellas y yo. Y justamente eso fue lo que hice, rocié insecticida dentro de la coladera de la regadera para que se murieran antes de salir.

Muy satisfecha con mi acción, abrí mi maleta y empecé a sacar la ropa, perfectamente tranquila, pues no me toparía ni de casualidad con ninguno de estos desagradables y enormes bichos.

Pero, cuando volví a entrar al baño para dejar mi shampoo, me llevé la peor sorpresa de la que tengo memoria. En mi ignorancia, había abierto las puertas del inframundo, seguramente los señores de Xibalbá enojados por mi acción, habían decidido desquitarse, pues de la coladera estaban saliendo cucarachas moribundas que iban de aquí para allá, queriendo escapar de los vapores del mortal insecticida. Y yo, como ellas, también iba de aquí para allá intentando escapar, pues me da terror pisarlas.

Mi pánico fue tal, que estuve a punto de renunciar a mis vacaciones, incluso volví a cerrar mi maleta. No obstante, ese día entendí que no importa la edad que tengas, siempre vas a recurrir a tu mamá cuando estás en conflicto y siempre tu mamá vuelve a ser una heroína a la que vuelves a ver como cuando eras niña. Gracias a ella las cucarachas desaparecieron. La coladera quedó tapada y yo pude disfrutar de unas maravillosas vacaciones en familia.

Y supongo que las cucarachas que no murieron siguieron viviendo muy felices dentro de su maloliente coladera, de lo cual me alegro siempre y cuando estén lejos de mí.

Silvia Ramírez de Aguilar P.


Saturday, June 24, 2017

LAS ADIVINAS


En una ocasión, mi amiga Pereiruin y yo, invariablemente juntas en nuestra juventud, fuimos invitadas a la casa de unos amigos. 
No recuerdo la razón de tan extraña invitación, ni tampoco recuerdo el porqué llevamos mi Ouija, que en ese entonces consultábamos por cualquier cosa que se nos ocurriera, así fuera una estupidez, como lo eran también las respuestas que recibíamos: totales incoherencias que nos hacían indagar en nuestros cerebros la información oculta en esas extrañas palabras que iba formando el puntero de la Ouija letra tras letra, creyendo que había cierta maldad prohibida tras esas incomprensibles revelaciones, sin saber, como ahora lo sé, que eran nuestros inconscientes contestando.
Recuerdo que aquella tarde de la invitación fue muy divertida y, en algún momento, después de asustar a la poca gente que había con nuestro discreto manipuleo de la Ouija, anunciamos que podíamos comunicarnos con los espíritus de otra manera más directa. La curiosidad fue general. 
¿Cómo era eso?
Sí, los espíritus contestaban a las preguntas de la gente a través de la piel de nuestros brazos.
Ahora todos estaban aún más interesados.
Entre la gente, había un amigo de nuestros amigos que se notaba más sorprendido e intrigado: la víctima perfecta. 
Seguramente lo que anunciábamos como gitanas de feria de pueblo, era la respuesta a sus ruegos, a lo que había deseado hacía años, que alguien le contestara esa duda que lo perseguía tal vez desde pequeño, quitándole el sueño por las noches. 
Su credulidad era tal, que la externaba a través de su ansiedad. Y el que lo eligiéramos, obviamente, lo llenó de felicidad.
¡Pobre muchacho!
Era breve el tiempo que lo separaba de una completa desilusión...
Pero no nos adelantemos, regresemos a la total alegría del muchacho. Había sido elegido por Pereiruin y por mí para que los espíritus contestaran a la mayor de las dudas de su existencia.
Le dimos instrucciones: debía pensar en una pregunta que quisiera hacer a los espíritus, cuya respuesta fuera sí o no. Y una vez que la tuviera, plasmarla en un papel que el dueño de la casa le proporcionó, junto con un lápiz, una vela y unos cerillos.
Mientras tanto, Pereiruin y yo corrimos al baño a hacer los preparativos para responder a la pregunta que aún desconocíamos.
El muchacho, al que llamaremos Pedro, sonrió al vernos regresar, pues había escrito su pregunta y esperaba inquieto las instrucciones del siguiente paso.
Ceremoniosamente prendimos la vela e invitamos a Pedro a leer su pregunta.
—¿Alguna vez tendré novia? —leyó con voz grave y temblorosa.
Pereiruin y yo nos miramos discretamente, fue una mirada fugaz, pues ambas sabíamos la respuesta que debía recibir y solamente la confirmábamos.
Justo a este momento me gustaría poder volver, pero para desgracia de Pedro, aun si regresara, no podría cambiar la respuesta que recibió. Y es que el destino estaba escrito... en mi brazo.
—¿Alguna vez tendré novia? —vuelvo a oír en mi cabeza una y otra vez. 
La realidad es que no puedo retornar en el tiempo y cada vez que recuerdo esta historia veo mi mano tomando las cenizas de lo que fue la esperanzada carta de Pedro, vuelvo a pasar las cenizas por mi brazo izquierdo y  vuelve a aparecer un NO enorme y negro.
Recuerdo el asombro de todos, el murmullo de compasión.
¡Pobre Pedro!
Ahora sé que obtuvo lo que esperaba obtener, pero también estoy segura de que su vida hubiera sido diferente si yo hubiera pasado las cenizas por mi brazo derecho.
El caso es que "el hubiera no existe"  y, aunque ahora sé que es una crueldad reírse de la desgracia ajena, eso no impidió que Pereiruin y yo disfrutáramos ampliamente la sorpresa que fue para todos la aparición de las respuestas a varias preguntas en nuestros brazos y lo ingenuos que fueron al no sospechar que existiera un truco por nuestra parte.
No sé qué fue de Pedro. A veces pienso en él y lo imagino casado, pero el ego es poderoso y, entonces, me gustaría que su matrimonio fuera tan nefasto, que tal vez él también recuerde esa tarde en la que estuvo a punto de no casarse jamás y sueñe con que hubiera sido mejor hacer caso del NO que estaba en mi brazo. O tal vez nunca se casó y eso le permitió vivir una vida tranquila, sin conflictos de índole matrimonial y comprende, agradecido, que ese NO era un consejo que venía del más allá.

Monday, June 5, 2017

ABRAZO

El niño escondido lloró, hasta que el hombre miró hacia adentro y lo abrazó como a sí mismo.