Friday, April 3, 2015

ESCLAVO POR UN DÍA



- ¡Porfa, no le digas a mamá!

Así era como empezaba todo. Así era como caíamos, mis hermanos y yo, en las garras del hermano que sabía la terrible cosa que habíamos hecho, ya sea a propósito o por accidente.

Y es que, cuando eres niño e incluso adolescente,  lo último que quieres es que tus papás descubran alguna de tus travesuras o desobediencias. No quieres ser castigado, no quieres ser regañado y, lo peor de todo, no quieres, por ningún motivo, que se decepcionen.

En mi caso, me daba terror ver enojada a mi mamá, ver que el verde de sus ojos se hacía más intenso y saber que desde ese enojo iba a decidir qué castigo me merecía. Eran momentos muy incómodos, en los que deseaba no haber hecho aquello que había hecho.

Pero peor que el enojo, era ver cómo digería la información, se daba cuenta de que había hecho algo imperdonable, entendía que lo que pensaba de mí estaba equivocado, que me había puesto en un lugar que no era el que me merecía y casi podía ver cómo me derrumbaba al fondo del abismo, al tiempo que movía ligeramente la cabeza de un lado al otro, como diciendo "no es posible", como negando la infame verdad que se presentaba ante sus ojos. Me sentía diminuta, indigna, con unas ganas enormes de poder regresar en el tiempo, como en "El Túnel del Tiempo" y arreglar eso que la había hecho sentirse decepcionada.

Es por esto que, cuando veía la más mínima posibilidad de escapar del enojo o de la decepción, hacía lo que fuera. Así es como terminaba en manos de alguno de mis hermanos. Tampoco era un camino fácil, pues el hermano que sabía lo que había hecho, aprovechaba la oportunidad como si se la debiera, y me hacía pagar muy, muy caro el guardar el secreto de mi grave falta.

- Porfa, porfa no le digas a mamá –suplicaba yo.

- ¿Qué me das? - preguntaba, sabedor de que le daría lo que fuera con tal de que mamá no supiera que había roto un adorno de la sala por estar jugando.
- ¿Qué quieres?  

El tiempo que tardaba en contestar a mi pregunta era eterno. El hermano, poseedor de mi secreto, recorría con la mente todas mis posesiones. Descartaba la mayoría, se detenía unos segundos evaluando una que otra y yo esperaba que terminara el típico sonido de pensar, un “mmm” continuo, que subía y bajaba de volumen conforme las ideas pasaban por su mente.

De repente, el “mmm” se detenía, era la señal de que había tomado una decisión.

- ¡Ya sé! -decía, triunfante, con una sonrisa maligna- Vas a ser mi esclava por un día.

Justo lo que yo no quería, ser esclava era terrible. Prefería darle mis colores nuevos, mi domingo o, incluso, mi boligoma. Pero no me quedaba más remedio que aceptar si no quería ver a mi mamá decepcionarse de mí.

Ser esclava no era fácil, tenía que estar al pendiente del más mínimo deseo de mi tirano hermano, mi amo y señor a partir de ese momento.

- Tráeme un vaso de agua.

- Quítame los zapatos.

- Recoge mis juguetes.

- Corre alrededor del garaje mmm tres veces. No, mejor cinco.

Y mis otros hermanos, los que no sabían mi secreto, me veían como si de repente me hubiera vuelto loca, corriendo sudorosa alrededor de los coches.

Todo lo hacía obediente, hasta que…

- Bésame los pies.

- ¡¿Qué?! ¡Guácala!

Prefería que mi mamá lo supiera todo. ¿Besarle los pies? ¡Fuchi!

Y en ese momento me daba cuenta de que el adorno de la sala no era tan importante.

- Mejor acúsame.

- No, no. Mejor nada más ve por unas galletas –decía mi hermano, viendo que la esclava se le empezaba a sublevar.

Aquí era donde yo tomaba el control de la situación.

- Ya no quiero ser tu esclava, ya me cansé.

Y me iba a jugar a otro lado.

Era maravilloso tomar el control.

Veía cómo se quedaba muy triste por haber perdido a su esclava. Pero no me acusaba, pues su interés no era acusarme, al menos no era el interés de la mayoría de mis hermanos.

Con el tiempo aprendí a tener el valor para decir “yo lo rompí” desde el principio. No hay nada más liberador que dar la cara para que otros no te esclavicen y te puedas ir a jugar a otro lado con la conciencia tranquila.

Sin embargo, debo reconocer que me encantaba tener un esclavo, poder mandar a uno de mis hermanos de aquí para allá a hacer cosas inútiles durante todo el día. Bueno… no todo el día, pues el poder es embriagador y siempre había un momento en el que terminaba excediéndome con mi esclavo, quien me mandaba a volar y se iba a jugar a otro lado.

¿Y si todos mandáramos a volar a nuestro actual amo y señor y nos fuéramos a jugar a otro lado? ¡Qué liberador sería!


SILVIA RAMÍREZ DE AGUILAR P.



Friday, December 26, 2014

NAVIDAD


Cuando mis hermanos y yo éramos niños, esperábamos con ansias las vacaciones. Las de Semana Santa nos gustaban porque venía el Conejito, las de verano porque eran muy largas, pero las de Navidad eran, sin lugar a dudas, las mejores y más esperadas.

El clima te hacía sentir la llegada de muchas sorpresas. Había olores en el aire, con los que ninguna otra época del año podía siquiera competir: las galletas horneándose, el pavo, el bacalao, la chimenea, el pino.

La casa se transformaba: en el hall de la entrada, el arbolito estaba prendido casi todo el tiempo y sus luces se reflejaban en los múltiples regalos. Y verdaderamente eran múltiples, pues a mi papá, famoso periodista en los años sesenta, le llegaban canastas y más canastas de regalo. Era difícil cruzar el hall, pues los regalos abarcaban fácilmente unos cuatro metros desde el árbol hacia la puerta de entrada.

A nosotros, a mis hermanos y a mí, nos daba mucha emoción que llegaran nuevas canastas, aunque no fueran para nosotros.  No nos interesaban las botellas de cognac, whisky ni cualquier otro licor,  ni las latas de foie gras, las peladillas, los mazapanes de figuritas o los frascos de marron glacé, mucho menos los turrones, las nueces ni las aceitunas. Lo que realmente nos interesaba, y por lo que metíamos los dedos entre el celofán y la canasta, aunque la canasta nos picara los dedos, eran los chocolates que había sobre el heno que las canastas solían tener en el fondo. Era un trabajo difícil, en el que las nueces nos dificultaban la maniobra. Pero después de mucho intentarlo, sentados sobre el piso frío del hall, haciendo como si admiráramos el árbol, por fin lográbamos sacar los chocolates.
Ningún adulto se enteraba de esos pequeños hurtos, pues nos cuidábamos mucho de esconder los aluminios de colores que servían para envolverlos, además de que ellos ni cuenta se daban de la existencia de esos chocolates.

Ahí no terminaban nuestras travesuras navideñas: con mucho cuidado nos metíamos debajo del árbol de Navidad para buscar nuestros regalos, los que tenían nuestro nombre y que estaban ahí durante días, pues nuestras abuelas y tías los traían a la casa desde antes.

¿Creían que resistiríamos la tentación?

¡Por supuesto que no!

¿Qué niño podría?

Con mucho cuidado despegábamos la cinta adhesiva que habían usado para pegar el papel que envolvía el regalo, pero debo reconocer que esta técnica no era muy efectiva, pues el papel se dañaba o se rompía y era muy difícil que el regalo se viera intacto.

Así es que tuvimos que mejorar las técnicas de espionaje y ahí fue donde fue muy útil una pequeña navaja que mi papá me había comprado en el mercado en Tepotzotlán. Era amarilla y la navaja estaba un poquito floja, pero era de mis posesiones más valiosas. Valía cada centavo que mi papá había pagado por ella. La usaba para cortar plastilina en rebanadas, para separar las hojas de los libros que aun las tenían dobladas y, obviamente, para abrir los regalos de Navidad.

Era una técnica muy simple que nos enseñó mi hermano mayor. De hecho, creo que fue lo único útil que nos enseñó. Se trataba de cortar con la navaja un cuadrado del papel de un lado de la caja del regalo, ver de qué juguete se trataba y volver a pegar el cuadrado. De esa manera, nadie notaba que la envoltura había sido alterada.

Aunque no lo parezca, nuestro espionaje era una ventaja para Santa Claus, pues al saber con anticipación qué regalos teníamos bajo el árbol, se ahorraba la compra de un juguete repetido.

Así, cuando llegaba la hora de abrir los regalos la noche del 24 de diciembre, después de haber ido a "misa de gallo" y de haber cenado, cada uno de nosotros ejecutaba su mejor actuación poniendo cara de sorpresa frente a cada uno de los regalos de los parientes presentes.

Lo único que sí era sorpresa, pues no los abríamos con anticipación, era el contenido de las cajas que sabíamos que contenían ropa, pues la verdad es que nos daba igual que se tratara de una pijama o de un sweater.

Las Navidades ahora son muy diferentes. Mi familia ya no es como solía ser: unos se fueron y otros llegaron. Mi árbol ya no tiene miles de regalos, y no tengo que espiarlos para saber qué son, pues yo los envolví. Nadie viene a mi casa con anticipación a traer regalos y, definitivamente mis hijos son mucho menos curiosos de lo que éramos nosotros.

Pero aún cuando todo es diferente, tener en mi mesa la noche del 24 a mis seres queridos, sigue teniendo un encanto muy similar al que tenían aquellas Navidades de mi infancia.


Silvia Ramírez de Aguilar P.


Monday, November 24, 2014

EL SANDWICH



Cuando entré a la sala de la tele, fue lo primero que vi: un sandwich tirado cerca de uno de los sillones.

¿Un sandwich?
¿De dónde saldría?

Miré a mi alrededor buscando una pista.

Lo único inusual era la chamarra del amigo de mi hijo, que había venido de visita para tocar la guitarra. Era una chamarra negra, de piel.

Pensé que no tenía porque saber que su sandwich se había salido del bolsillo de su chamarra y, sin pensarlo más, lo metí en uno de los bolsillos.

Pero después dudé si el sandwich era del amigo o si era de la señora de la limpieza, quien casualmente también estaba ese día en la casa. Tal vez se le había caído a ella, así es que fui a buscarla para preguntarle.

No, el sandwich no era de ella.

Pasaron un par de horas, y cuando mi hija y yo fuimos a ver la tele, quiso mover hacia un lado la chamarra del amigo. Fue entonces que le advertí que tuviera cuidado, pues el sandwich se podría volver a caer.

Mi hija puso una cara muy extraña.

- ¿Qué? -pregunté.

La vi dudar entre hablar o no.
Yo no sabía a qué se debía ese extraño comportamiento, hasta que, finalmente, lo soltó:

- ¿Un sandwich que estaba por aquí?

Asentí, no sabiendo muy bien hacia dónde quería llegar.

- El sandwich es mío -dijo al fin.

- ¡¿Qué?! -exclamé.

Oímos pasos, alguien bajaba la escalera. Eran mi hijo y su amigo.

- Rápido, rápido -urgí a mi hija-, saca el sandwich.

Ella se apresuró a sacarlo, y estuvo a punto de no lograrlo, pues el amigo se acercó a tomar su chamarra. La levantó junto con la mano de mi hija dentro del bolsillo, pero como estaba distraído hablando con mi hijo, no notó el momento en el que la bolsita del sandwich salió, jalada apenas por una esquinita, por los dedos de mi hija.

Ella y yo nos miramos, apenas pudiendo contener la risa.

Después, durante la cena, le contamos a mi hijo la aventura del sandwich. Fue una cena muy divertida, imaginando la reacción del amigo si hubiera encontrado el sandwich en el bolsillo de su chamarra:

1. Podría creer que esa no era su chamarra.
2. Podría pensar que su mamá lo había puesto ahí.
3. Podría pensar que le habíamos visto cara de hambre.
4. Tal vez, si tenía hambre, sin importarle de dónde había salido, simplemente lo abriría y se lo comería.

Se nos ocurrieron mil posibles escenarios en torno al sandwich en el bolsillo, y desde entonces disfruto mucho el imaginar al amigo saliendo de nuestra casa, ir caminando por la calle, meter la mano en el bolsillo y descubrir que ahí hay algo extraño. Lo imagino sacando ese objeto suave y extraño del bolsillo y darse cuenta de que es un sandwich desconocido. Su cerebro intentaría en vano encontrar el origen del sandwich.

¿Desde cuándo estaría ahí?

Y el pobre cerebro vuelto loco al no encontrar ni rastro del sandwich.

¡Qué divertida escena!

Me arrepiento de haberle dicho a mi hija que lo sacara del bolsillo.


Silvia Ramírez de Aguilar P.

Monday, November 10, 2014

SERVILLETAS AMARILLAS Y OTRAS HISTORIAS DE LA VIDA REAL



SERVILLETAS AMARILLAS Y OTRAS HISTORIAS DE LA VIDA REAL

(El libro)
A la venta a partir de hoy en:
sramirezdeaguilar@yahoo.com.mx


        

Sunday, July 20, 2014

LA LUNA

Anoche que estaba mirando la Luna, pensaba en mi papá. Lo recordaba aquel 20 de julio de 1969. Un día que, casi cincuenta años después, aun conservo en la memoria. No diré "como si fuera ayer", porque sería una mentira, pero definitivamente no "como si hubiera sido hace cuarenta y muchos años".

Yo tenía ocho años. No tenía la menor duda acerca de la veracidad de lo que estaba aconteciendo. En ese momento me sentía unida a todo el planeta. Sabía, porque así me lo habían dicho, que la gente de todo el mundo vería las mismas imágenes que nosotros, al mismo tiempo que nosotros. Era un sentimiento de hermandad impresionante.

Por otro lado, mis hermanos y yo veíamos cada vez más cerca el hacer nuestra vida diaria en coches voladores. ¿Porqué no? Si un cohete podía llegar a la Luna, sus tripulantes pasear sobre ella y todo el mundo verlo por la tele al igual que veíamos nuestras caricaturas favoritas, era muy posible que pronto viviéramos como vivían los Supersónicos.

Recuerdo a mi papá, emocionadísimo, tal vez pensando lo mismo que yo, sentado cerca de la tele en el hall de la casa. Ni siquiera se recargaba para no perder detalle de tan importante momento.

Teníamos unos sillones tipo colonial, en los que estaban sentados mis hermanos y un tío y una mesita de centro del mismo estilo. Ahí estaba yo, hincada, jugando con el contenido de unos botecitos de Super Masa, que era una masa para modelar. Mi mamá iba y venía, y creo que en algún momento trajo unas botanas.

Mientras veía la histórica transmisión de los astronautas en la Luna, yo me fabricaba con la Super Masa una luna y un cohete, y unos maltrechos astronautas miniatura para que caminaran por la pequeña Luna. Recuerdo el olor de la Super Masa (parecido al olor de los mazapanes españoles que venden en Navidad), la textura del tapete del hall en mis rodillas, recuerdo haber pasado mi uña por una orillita de la mesa y haber sacado una espiral de tinte de la mesa que incorporé a mi masa y después me arrepentí. Pero lo que más recuerdo es a mi papá con su pipa en la mano.

Meses después, mi papá, siendo un periodista muy famoso en aquellos tiempos, fue invitado a un evento organizado por la Presidencia. Ahí, tuvo la oportunidad de conocer a los astronautas y mi hermano, que lo acompañó, regresó a casa con los autógrafos de esos hombres que hablaban de sus experiencias en nuestro satélite.

Actualmente estoy convencida del engaño de que fuimos objeto una parte de la humanidad, ya que otros no tenían tele y a otros la llegada a la luna les tenía sin cuidado. Sin embargo, agradezco la mentira, pues gracias a ella tengo el recuerdo más vívido de mi papá, quien murió un año después, totalmente convencido de la gran hazaña norteamericana. Gracias a eso, cuando veo la luna, puedo ver a mi papá feliz, sentado frente a mí y puedo oler el agradable aroma que sale de su pipa, mezclado con el olor de la Super Masa.

En esos momentos, vuelvo a tener ocho años, mi papá vuelve a estar vivo y vuelvo a creer que el hombre llegó alguna vez a la Luna.

SILVIA RAMIREZ DE AGUILAR P.

Wednesday, July 16, 2014

LA SEÑORA DE LA PUERTA


 Todo empezó una mañana en la que, siendo niña y por alguna razón que ya no recuerdo, me pareció una excelente idea anunciar a mis hermanos que durante la noche había visto a un fantasma, que era una mujer que estaba parada a la entrada de mi recámara.

- ¿De veras? -preguntó Luis,  emocionado de que algo así hubiera sucedido en la casa, pero nada extrañado de que yo no me hubiera espantado con la presencia de una mujer fantasma.

Y yo, orgullosa de mi falsa experiencia, le dije que era verdad. Estuvimos de acuerdo en que era algo muy extraño, y fue hasta entonces que se le ocurrió preguntarme si había tenido miedo. No, claro que no había tenido miedo.

Hasta ahí era una mentira cualquiera, como las muchas que dije en mi infancia y que no tuvieron consecuencias. Además, yo no pretendía más que asombrar a mis hermanos, cosa que logré con Luis. Me alegró ver su cara de sorpresa, y estaba a punto de cambiar de tema, cuando a mi hermano Jorge se le ocurrió decir que él también la veía, dando a entender que no era cosa de una vez, sino algo frecuente.

- ¡¿Qué?!

Tan solo lo pensé, pues de haberlo dicho, mi mentira se hubiera arruinado.  Me dejó boquiabierta, pues ahora hasta parecía que él era el favorito de "mi" fantasma. ¿Cómo era posible que lo visitara más seguido que a mí?

No dije nada, para no arruinar mi historia, pero ya vería Luis a quién quería más la fantasma.

Así es que para que Luis viera que yo la conocía más, le di detalles sobre su apariencia. Tenía un vestido largo, blanco, de una tela vaporosa y el pelo largo y negro. De reojo miraba a Jorge, como retándolo a que me superara. Pero Jorge, muy tranquilo, tan solo asentía, confirmando que, efectivamente, la señora de la puerta era tal y como yo la describía.

¡Qué frustración que se apoderara de mi fantasma! Y yo, sin poder decir nada, sin poder echarle en cara que esa era "mi" mentira, lo que lo convertía en doblemente mentiroso. Era absurdo que yo no dijera la verdad, pero no la dije, quién sabe por qué. Tal vez porque me encantaba tener una fantasma de visita. Además, aunque Luis creyera que también era de Jorge, Jorge sabía que no.

Los siguientes días, la Señora de la Puerta, pues ya era así como la llamábamos, vino a visitarme con frecuencia y ya hasta me sonreía, no olvidemos que yo tenía que ser la favorita. Por supuesto que esta información la recibía Luis en presencia de Jorge.

Y ¿qué es lo que hacía Jorge cada vez que yo hacía un comentario sobre la Señora? Pues muy cómodamente decía que a él también le pasaba lo mismo, lo cual provocaba mi enojo por no poder echarlo de cabeza.

No sé qué fue lo que sucedió, pero a partir de esa mentira, en mi recámara empezaron a suceder cosas extrañas que atribuimos, sin más, a la Señora de la Puerta, aunque no existiera.

¿O sí existía? Yo ya estaba muy confundida.

Tal vez lo que existía era un ente que se divertía haciéndome travesuras, porque a fin de cuentas no pasaba de ser una travesura el que me cambiara las cosas de lugar, el que me tirara las cosas del lugar donde las había puesto, que me apagara la luz o el que mi puerta se abriera sin que un humano lo hubiera hecho. No era algo que me asustara. De hecho era hasta divertido, tanto, que hasta empecé a hablar con "eso". Le decía que no me molestara, que no me apagara la luz en la noche porque no me dejaba leer, que no estuviera tirando mis cosas o que volviera a poner las cosas en su lugar porque había escondido justo lo que necesitaba en ese momento.

Así, pasó mi niñez y mi juventud, con esa invisible compañía. Por eso, cuando estaba a punto de casarme, creí que había llegado el momento de confesar a mi futuro marido que había tenido una extraña compañía toda mi vida. Sabía que Luis, mi futuro esposo, lo entendería. Lo que no me imaginé, fue que le encantaría. De hecho, creo que la Señora de la Puerta me hizo aún más atractiva a sus ojos.

Pocos días después estábamos en la sala de mi casa mi amiga Odette, mi amiga Araceli, Luis y yo. De pronto Luis, en voz alta, preguntó a la Señora de la Puerta si lo aceptaba como mi futuro esposo. La respuesta inmediata fue un parpadeo de la luz. Yo pensé que había sido una oportuna casualidad. Pero cuando la extraña conversación entre Luis y la Señora continuó, la casualidad dejó de parecer la posible explicación. No quedaba otra opción más que considerar la intervención de mis hermanos, por lo que sigilosamente me levanté para descubrirlos en su complicidad con mi futuro esposo.

Pero para mi asombro, no descubrí a ningún cómplice. Mis hermanos ni siquiera estaban por ahí.

Además de sorprendida, estaba celosa, pues ahora Luis y la Señora de la Puerta se habían convertido en los grandes amigos, teniendo conversaciones que yo nunca logré, pues yo no había pasado de tener monólogo, aunque la verdad es que no creo haberle preguntado nada. Incluso se despidieron cuando salimos de la casa con otro parpadeo de la luz.

¡Asombroso!

Definitivamente eso hizo a Luis más atractivo a mis ojos.

Nos casamos. Y, aunque seguramente nadie lo creerá, la Señora de la Puerta se fue a "vivir" con nosotros. Siguieron las travesuras en cada una de las casas en las que vivimos, hasta que llegamos a vivir a la casa en la que vivo actualmente. Aquí, las travesuras, extrañamente, se detuvieron.

¿Qué habría sucedido?

La respuesta la tuvimos un par de meses después, cuando supimos que los albañiles que estaban arreglando la casa en la que vivimos anteriormente estaban siendo "asustados". Les prendían y apagaban la luz, les abrían y cerraban las puertas, las cosas cambiaban de lugar...

¡Sí! Tenía que ser ella. Así es que la fuimos a buscar. No la vimos, pero regresó con nosotros en el coche. Los albañiles dejaron de quejarse. Y todos volvimos a ser felices.

Las travesuras volvieron a formar parte de mi vida, como siempre, como ha sido desde que inventé a la Señora de la Puerta.

¿Dónde dejé mis lentes?



SILVIA RAMIREZ DE AGUILAR P.

Sunday, June 22, 2014

LA PELUCA DE LA SEÑORITA FLEMING


La peluca de la señorita Fleming se había perdido.

Buscamos por toda la casa: debajo de las camas, dentro de los cajones, encima de las mesas, detrás de las puertas; entre la ropa sucia, entre la ropa limpia; dentro del refrigerador.

Sacudimos las cortinas, levantamos los tapetes, interrogamos a todos. Le echamos la culpa a la gente que vino de visita el día anterior, pero después recordamos que cuando se fueron la señorita Fleming aún tenía puesta la peluca, así es que nos sentimos avergonzados por haber sospechado de ellos.

Después de horas de dar vueltas por toda la casa y de dejar la casa patas arriba, decidimos reunirnos en la sala para ver qué haríamos para cubrir la calva de la señorita Fleming, quien solamente nos miraba pues no entendía ni media palabra de lo que decíamos. La pobre anciana apenas había llegado de Inglaterra y era nuestro primer huésped desde que decidimos rentar la habitación sobrante.

Carmela dijo que ella tenía una chamarra con capucha, que serviría muy bien para cubrir la cabeza de la señorita, y rápidamente la trajo para que la viéramos.

Armando se acordó que en uno de los armarios de la casa había una peluca de bruja de algún disfraz de Halloween y sugirió recortarla un poco para que se viera mejor.

Chabela, la cocinera, trajo un montón de espaguetis cocidos y sin decir nada, se los puso a la señorita Fleming en la cabeza. A nosotros nos gustó cómo se veía, pero ella hizo una mueca de disgusto, y regresó los espaguetis a Chabela. Después nos alegraríamos porque quedaron deliciosos a la hora de la comida.

Juan, como es artista, ofreció pintarle unos rizos en la cabeza, y casi convenció a la señorita Fleming de que esa era la mejor opción.

A mí, lo único que se me ocurrió fue enseñarle cómo podía hacerse una especie de turbante con una toalla, pero parecía que acababa de bañarse.

La señorita Fleming esperaba pacientemente a que resolviéramos el problema.

Armando fue a buscar la peluca de Halloween.  Era una peluca de pelo negro largo con unos mechones verdes. Creímos que a la anciana no le gustaría, pero hasta una sonrisa se le escapó. Tomó la peluca, se la puso y ya hasta le hizo una trenza.

De pronto, pasó corriendo por la sala nuestro perro Rex llevando un extraño animal gris en el hocico. Fue Rosita la que se dio cuenta que ese no era un extraño animal, sino la peluca de la señorita Fleming.

Todos corrimos tras Rex y finalmente, después de muchos jalones, le pudimos arrancar la peluca del hocico.

La señorita Fleming tomó la maltratada y babeada peluca, la examinó, se miró en el espejo y, sin más, aventó a Rex su antigua peluca y, tomando su bolsa, se fue muy contenta  a la calle con sus mechones verdes.



SILVIA RAMIREZ DE AGUILAR P.